Hay personas a las que les cuesta disfrutar de los momentos tranquilos.
Cuando todo parece ir bien, aparece un pensamiento: «Seguro que algo malo pasa». Si la pareja está bien, empiezan a buscar señales de que algo ha cambiado. Si en el trabajo hay calma, anticipan el próximo problema. Si alguien que quieren tarda en contestar, imaginan inmediatamente que ocurre algo. Incluso después de recibir una buena noticia, la mente puede desplazarse rápidamente hacia aquello que podría salir mal.
No necesariamente porque haya un problema real. A veces, simplemente, cuesta sentirse en calma cuando durante mucho tiempo hemos aprendido a estar pendientes del peligro. Y esto puede resultar desconcertante. Porque desde fuera todo parece estar bien. Pero por dentro existe una especie de vigilancia constante que impide terminar de disfrutarlo.
Cuando la tranquilidad también genera inquietud
Nuestro cerebro está preparado para detectar amenazas y anticiparse a posibles problemas. Esta capacidad es adaptativa: nos permite prepararnos, tomar precauciones y responder cuando existe un peligro.
El problema aparece cuando esa función de alarma permanece demasiado activa incluso cuando no existe una amenaza clara. Entonces puede ocurrir algo curioso: la ausencia de problemas no se experimenta como seguridad, sino como una pausa antes de que llegue el siguiente problema.
«Ahora estamos bien, pero ya veremos cuánto dura»
«Lleva varios días sin pasar nada. Seguro que ocurre algo»
«Todo está demasiado tranquilo»
La persona puede no identificarlo siquiera como ansiedad. Puede vivirlo como prudencia, intuición o simplemente como una manera de ser. Sin embargo, cuando la anticipación se convierte en una forma habitual de relacionarse con la incertidumbre, puede terminar condicionando mucho la vida cotidiana. Porque resulta difícil descansar cuando una parte de nosotros sigue esperando tener que reaccionar.
El cerebro también aprende a estar en alerta
Nuestra manera de interpretar lo que ocurre no depende únicamente de lo que está sucediendo en el presente. También está influida por lo que hemos aprendido a lo largo del tiempo. Experiencias de estrés prolongado, relaciones impredecibles, situaciones en las que hemos tenido que estar muy pendientes de lo que ocurría alrededor o periodos de especial inseguridad pueden favorecer que prestemos más atención a posibles señales de amenaza.
Esto no significa que todas las personas que han pasado por situaciones difíciles desarrollen hipervigilancia, ni que exista una única causa detrás de ella. Pero sí ayuda a entender algo importante: estar constantemente alerta puede convertirse en un aprendizaje.
Y lo aprendido puede mantenerse incluso cuando las circunstancias han cambiado. Por eso algunas personas dicen: «Sé que ahora estoy bien, pero no consigo sentirme bien«. La cabeza reconoce que no existe un peligro evidente. El cuerpo y la atención, sin embargo, parecen seguir esperando la siguiente señal.
Anticiparse da una sensación de control
Hay otra cuestión importante: preocuparse no siempre resulta desagradable en el momento. A veces, anticipar problemas produce una sensación de preparación.
Si pienso en todas las cosas que podrían salir mal, quizá pueda evitarlas.
Si analizo cada detalle de una conversación, quizá pueda detectar si la otra persona está enfadada.
Si imagino diferentes escenarios antes de un viaje, quizá consiga estar preparada para cualquier imprevisto.
El problema es que la incertidumbre no puede eliminarse por completo. Y cuanto más intentamos alcanzar una seguridad absoluta, más cosas necesitamos comprobar, analizar o anticipar.
Así se puede crear un círculo difícil de romper: aparece la incertidumbre, buscamos una explicación o intentamos asegurarnos de que todo está bien, sentimos un alivio momentáneo y, poco después, vuelve a aparecer una nueva duda. No porque hayamos hecho algo mal, sino porque hemos intentado resolver con certeza algo que, por naturaleza, no puede tener una garantía completa.
Cuando comprobar se convierte en una forma de tranquilizarnos
Esto puede observarse en situaciones muy cotidianas.
Revisar varias veces un mensaje antes de enviarlo. Necesitar confirmar que alguien está bien. Repasar una conversación para comprobar si hemos dicho algo incorrecto. Buscar señales de que nuestra pareja sigue sintiendo lo mismo. Pensar una y otra vez en una situación para encontrar aquello que se nos ha podido escapar.
Cada conducta puede parecer pequeña, pero cuando se convierte en una respuesta automática ante la incertidumbre, puede acabar reforzando la idea de que necesitamos comprobar para poder estar tranquilos. Y entonces la calma depende cada vez más de conseguir certezas externas.
El problema no es querer saber qué ocurre. El problema aparece cuando sentimos que no podemos continuar con nuestra vida hasta haber eliminado completamente la posibilidad de que algo salga mal.
¿Y si la calma nos resulta desconocida?
Hay algo especialmente interesante en todo esto: cuando una persona ha pasado mucho tiempo funcionando desde la alerta, la tranquilidad puede resultar extraña. No necesariamente porque no la quiera, simplemente puede no reconocerla.
Estar pendiente, anticipar, controlar o analizar puede haberse convertido en una forma habitual de sentirse preparada. Por eso dejar de hacerlo puede generar inicialmente más incomodidad que alivio.
Y aquí aparece una diferencia importante: sentirse inseguro no significa necesariamente estar en peligro. Podemos sentir incertidumbre y no necesitar resolverla inmediatamente, podemos tener miedo y no estar ante una amenaza, podemos no saber qué ocurrirá mañana y, aun así, estar bien hoy…
Esta distinción no consiste en convencernos de que nunca pasará nada malo. Eso sería imposible y poco realista. Consiste en aprender a diferenciar entre un peligro que requiere nuestra respuesta y una posibilidad que nuestra mente está tratando como si ya fuera un hecho.
No todo lo que puede ocurrir necesita nuestra atención
Una de las dificultades de vivir anticipando problemas es que podemos terminar dedicando mucha energía a acontecimientos que todavía no han sucedido, o, que puede que nunca sucedan. Y mientras estamos ocupados intentando prevenir todos los escenarios posibles, quizá nos perdemos algo que sí está ocurriendo: el momento presente.
La conversación que estamos teniendo.
El viaje que estamos disfrutando.
La relación que, hoy, está funcionando.
El día tranquilo que llevábamos tanto tiempo esperando.
No se trata de dejar de ser precavidos ni de ignorar las señales importantes. Tampoco de adoptar una actitud de «todo va a salir bien«. Se trata de que la posibilidad de que algo salga mal no tenga que ocupar el mismo espacio que la realidad de que, en este momento, las cosas están bien.
Quizá no necesites estar preparada para todo
A veces, detrás de la dificultad para relajarnos no hay falta de capacidad para disfrutar, hay una necesidad muy humana de sentirnos seguros. El problema es que, cuando intentamos conseguir esa seguridad mediante la anticipación constante, podemos terminar viviendo como si siempre hubiera algo pendiente de detectar.
Y quizá una parte del trabajo psicológico consiste precisamente en poder observar ese mecanismo sin juzgarnos por él. Entender qué activa nuestra alarma, qué hacemos para intentar tranquilizarnos y qué ocurre cuando dejamos de comprobar o anticipar durante un momento.
Porque aprender a estar en calma no significa conseguir que nunca vuelva a aparecer el miedo. Significa poder descubrir que no necesitamos estar permanentemente preparados para que la vida pueda seguir adelante.
A veces el problema no es que esté ocurriendo algo malo. Es que nuestro sistema de alarma todavía no ha aprendido que puede dejar de buscarlo.

